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Nacionalismo Carroñero/Ramon Benjamin

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Nacionalismo carroñero

                                                                                                                por Ramon Benjamin (h.)

                “No maltratarás, ni oprimirás a los extranjeros, ya que también ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto”.  Éxodo 22, 21

               

                El señor Escobar nunca dejó de ser mi abuelo, aunque no lo fuera. En realidad, era evidentemente distinto a mí. Negro, trabajador del Canal de Panamá, fuerte, cuando yo era un pequeño en la escuela primaria, lo veía grande, invencible.  Pero su paso se hizo cada vez más lento, y hoy ya no está.

                Hace anos se me fue y con él se fueron los cuentos de la selva que me contaba todas las tardes  en el apartamento 11-C del edificio Ecuador, frente a la Iglesia Don Bosco, en Calidonia.  Ahí vivía mi abuela, colombiana nacida en Cartagena, criada en Colón por mi bisabuela, que buscando mejores tiempos se vino sola desde Colombia con sus dos hijos.

                Esto quiere decir que soy producto de la mezcla biológica y cultural que de una forma u otra comparto con la mayoría de los panameños. Cada una de nuestras familias americanas, nació de un inmigrante en Abya Yala. Empezamos por despojar  salvajemente a los nativos de sus legítimos derechos y hemos intentado seguir construyendo un país y un continente a partir de pedacitos de mundo. Somos irremediablemente productos de nuestra historia.

                Fuimos conquistados al son de la espada y la cruz, resultando hoy un grupo humano, que tras la  aceptación de las distintas religiones,  es principalmente cristiano. Pero, ¿qué es ser cristiano?

 

                “Les doy este mandamiento nuevo: que se amen unos a otros” Juan 13, 34

 

                Para ser cristiano, lo cual reconozco es muy difícil, hay que actuar más que practicar, así como para hacer trascendentes los movimientos sociales en  los cuales participamos.

                La  práctica implica mucho más que la solidaridad sentimental con el que sufre, sentir lástima, ayudar intermitentemente. Nos lleva a cambiar las ideas, costumbres, instituciones que promueven la injusticia para lograr, más que aliviar, detener el dolor.

                La práctica nos exige ir mucho más allá de la discusión de teorías impregnadas de nostalgia, pintar pancartas con frases hechas hace décadas y participar ocasionalmente en acciones coyunturales.

                La solidaridad, la unión, si bien puede empezar por consolarnos en los aspectos materiales inmediatos de nuestras desgracias, debe conducirnos invariablemente a  impedir las causas de tales desgracias, y ya sabemos que su origen está en dejar hacer a los poderosos lo que ellos quieren hacer, mientras permanecemos obedientemente callados.

                Teóricamente cristianos, exteriormente perfectos, nuestros pueblos no pueden permitirse el lujo de ser incongruentes entre sus principios, su pensamiento, palabra y acción.

                Pobreza, marginación y violencia son los resultados del sistema que nos explota a todos, no podemos convertirnos en instrumentos voluntarios del sometimiento de nuestro vecino ni de nuestra propia muerte.

               

                “Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano” Isaías 58, 7

 

                Una actitud carroñera se desarrolla en nuestra sociedad, actitud que estamos obligados a detener antes que se convierta en un mal mayor. Es inaceptable que en nuestro país se escuchen cada vez más frecuentemente voces que apelan al nacionalismo primitivo, egoísta, estrecho para empujar al común de la población hacia sentimientos y actitudes basadas en el racismo, la xenofobia, en la mala opinión sobre las diferencias saludables entre seres humanos.

                Es inaceptable para un pueblo latinoamericano, permitir todavía la fragmentación entre nuestros pueblos, al aceptar mensajes discriminatorios, que pretenden encontrar las causas de nuestras calamidades socio-económicas en los elementos más débiles de nuestra comunidad, inmigrantes e incluso indígenas.

                Sea dominicano, peruano, colombiano, chino, no importa, es un trabajador, es un ser humano, un hermano. Ni siquiera la legalidad de su ingreso es determinante, pues el instinto de supervivencia y el derecho a la vida es superior a cualquier norma de derecho. Lo que debemos atacar es la corrupción en el sistema migratorio, de los que juegan con la esperanza humana de estos individuos. Debemos cooperar como pueblo para el mejoramiento de las condiciones de vida en Panamá y en nuestra América, en el mundo.

                Es inaceptable que no tengamos la dignidad necesaria para denunciar colectivamente a los que explotan nuestros recursos, limitando nuestro desarrollo y nuestro bienestar a la conveniencia de sus intereses,  aquellos que promueven precisamente nuestra división con la abierta complacencia de nuestras dirigentes, que se han alimentado a costa de mantener dependientes y atrasados a nuestros pueblos.

                No se escucha tanto ruido contra las transnacionales que usurpan nuestras riquezas, contra los gobiernos de estados hegemónicos que nos oprimen y contra nuestros compatriotas capaces de convertir nuestro país, por ejemplo, en un lago, para beneficio del comercio mundial y perjuicio de nuestro sector agrícola, nuestros campesinos, nuestras culturas.

                ¡Cobardes carroñeros! Se arrastran alrededor de quien mas sufre y duermen bajo el pie de quien los desprecia,  por su incapacidad de elevarse a estados mas dignos de vida.  El extranjero que viene por una mejor situación debe contar con nuestro apoyo y respeto, jamás nuestro rechazo. Son innumerables los casos de aquellos que han venido a planchar, a cocinar, a cuidar enfermos, a vender chichas y empanadas, a poner salones de belleza, lamentablemente a prostituirse, a hacer lo que sea para enviar remesas a sus familias o para mantenerlas en nuestro país.

                Es gente que ha conocido terrores que nosotros, afortunados, todavía vemos en las noticias internacionales, gente que no le quita un centavo a nadie, porque todo lo que obtienen  se basa en esfuerzo y trabajo, en una capacidad para reconocer y aprovechar oportunidades que nosotros, seamos sinceros, generalmente desperdiciamos por pereza, porque no queremos trabajar más de cinco días a la semana, adoramos entrar tarde y salir temprano, porque media hora antes de la salida ya no queremos atender a nadie, ni se diga los viernes.

                Resulta inaceptable para nosotros,  pueblo principalmente cristiano, darle la espalda a nuestros hermanos sin combatir toda clase de injusticia, inaceptable para los hijos de Bolívar y Martí todavía no aprender de la historia.

                No nos podemos dejar confundir. No  podemos dividirnos.

 

                “ Entonces, todo lo que ustedes desearían de los demás, háganlo con ellos”  Mateo 7, 12