En el desesperado intento de justificar las
andanzas del último régimen arnulfista comparándolas con las de la época de los militares,
en aquel constante proceso que nos lleva a no castigar a ninguno, éste fue el final del intercambio:
-Yo
no soy torrijista, yo soy socialdemócrata... no es lo mismo!
-Y
quién juzga a Fidel?
Esa fue la última respuesta, instintiva, fácil, improvisada, la única que se le ocurrió al legislador Miguel Fanovich
(circuito 4-1), ante los cuestionamientos de un profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, que planteaban
la necesidad de investigar y juzgar las actuaciones de los representantes del gobierno de Mireya Moscoso, en una conversación
en el programa de las mañanas de RCM.
Según La Prensa (31-8-2004), éste “amante de los deportes... hizo cinco combates a nivel aficionado y muchas
peleas callejeras”, de las filas del moribundo Partido Arnulfista, tiene un posgrado en administración de la Universidad
Latinoamericana, en Cuba, y se propone “promover leyes de interés social, basado en preceptos de justicia social e igualdad
de oportunidades”... porque “a Chririquí le urge una mejor distribución de las riquezas”.
Evidentemente, en Cuba aprendió términos que se le quedaron en el aire, que suenan bien en nuestra seudodemocracia,
pero no se ocupó, ya sea por incapacidad o mala voluntad, de comprender sus significados, sus implicaciones, sus formas de
ejecución.
Volviendo al diálogo, la respuesta del profesor: una sonrisa, una mirada a la mesa y silencio. Como si le hubieran
ofrecido la mejor respuesta de la que hubiera sido capaz un gran sabio de Oriente.
Se le puede dar el beneficio de la duda al profesor, para no tener mejor respuesta, por la velocidad del diálogo, por
lo fuera de lugar de la interrogante, por humana incapacidad, o quién sabe por qué razón.
Con más tiempo, ofrezco una breve respuesta:
A todos los seres humanos nos pertenece el derecho de juzgar moralmente, de manera muy personal, las actuaciones de
Fidel Castro. Los resultados de tales juicios pueden ser tan variados como tantas son las escalas de valores presentes en
las sociedades y en los individuos.
Pero al final, únicamente al pueblo cubano le corresponde el derecho de juzgar
histórica, política y legalmente a Fidel Castro, de acuerdo al papel que éste haya desempeñado dentro del proceso histórico
y político de la isla, y de acuerdo a las normas de derecho que ese mismo pueblo se imponga.
Esta conversación por lo tanto, resultaría intrascendente si no fuera porque nos sirve para observar la
desesperación de uno de nuestros políticos, incapaz de generar tan siquiera un argumento falso para defender
lo indefendible, desviando y finalmente deteniendo una conversación que amenazaba con volver a mostrarnos
los conocidos trapos sucios de nuestros partidos políticos, esos trapos que a nosotros, como pueblo soberano,
nos asiste el derecho y sobre todo el deber de exigir su investigación, el juicio y la condena respectiva
para absolutamente todos los que en su momento han utilizado su posición como gobierno para su beneficio
personal, en perjuicio de las grandes mayorías.
También nos sirve para que más allá de nuestra mala costumbre de reducir los procesos a nombres propios, nos propongamos
observar los resultados de tales procesos, y comparar nuestros pobres resultados de país rico pero dependiente y mal distribuido
con los de un país bloqueado, con un proceso satanizado, en constante estado de guerra desde hace más de cuatro décadas, aislado.
Entonces no podemos hacer más, ahora sí, que sonreír para no deshacernos en llanto, bajar la cabeza y la mirada, y sobre todo,
callar, simplemente callar.
Primero nuestros gobernantes, silencio total, por incapaces y traidores. Pero también a nosotros
nos toca reflexionar, hacernos la crítica, proponer y fortalecer nuestros compromisos como interesados
en el progreso de la humanidad, aprender, recordar.
Para nosotros, silencio por haberles permitido ser y permanecer a expensas de nuestra falta de sonidos
cuando éstos eran vitales, por estar desorganizados y haberles permitido desorganizarnos todavía más, por bajar la cabeza
y la voz cuando era necesario mirar a los ojos y gritar, y por darle la oportunidad de figurar a personas que periódica y
oportunamente aparecen para dividir el movimiento popular en su búsqueda personal de protagonismo y dinero.
Y de ahora en adelante, unión. Unión a la hora de educarnos, unión en el respeto hacia la sana diferencia de opinión,
unión en la organización y en la acción, en la protesta, unión a la hora de repudiar todo aquello repudiable, a la hora de
reconocer nuestros errores.
Absolutamente todos tenemos la responsabilidad histórica de no dejarnos vencer ni transigir a pesar
de tener casi todas las fuerzas en contra, somos responsables por encontrar un lenguaje despojado de fantasmas, acorde con
nuestra realidad, que nos permita compartir sinceramente con los demás para aprender de nuestras experiencias y
ver con claridad aquello que es evidente, liberándonos de la indoctrinación de nuestra educación formal y la ignorancia
de la marginalidad, ayudándonos como hermanos a ser instrumentos de nuestra propia liberación definitiva, propagadores de
libertad, vigilantes ante cualquier intento de fortalecer sistemas explotadores.
Cada pequeño paso es importante en el camino hacia los resultados necesarios. Por eso, nuestra acción
solidaria concreta en este momento se debe enfocar hacia toda forma seria de lucha comprometida con la
justicia y el progreso social, para no dejarnos quitar absolutamente nada más, defendiendo la propiedad
común de los recursos que aún tenemos, las tierras de los indígenas y campesinos, nuestras aguas, exigiendo con todos los
medios viables la asignación de presupuestos de interés social para atender el desarrollo de la educación, los servicios de
seguridad social, el deporte, la justicia, la creación de empleos, la defensa y promoción del desarrollo de las culturas que
coexisten en nuestro territorio de rica diversidad, divulgando nuestra verdad en vez de permitir en silencio
que nuestros impuestos se utilicen en reprimirnos, en explotarnos, en negociar e imponernos acuerdos comerciales que destruyen
nuestro campo y nuestros trabajadores junto a sus iniciativas, que con el dinero de nuestros impuestos y los ingresos del
Canal de Panamá (el cual está cada día más lejos del pueblo panameño, más cercado que nunca), se promueva la transformación
de nuestro país en una sola cuenca para beneficio de las empresas marítimas, las constructoras, los futuros mercaderes del
agua, las aseguradoras y otros empresarios y políticos corruptos.
Nuestra falta de unidad, a nivel local y regional,
sigue siendo la principal causa de nuestros males. Sobre nuestras acciones seremos juzgados por las siguientes generaciones.
La carga histórica de las obras de Simón Bolívar y José Martí, dolorosamente inconclusas, no nos permiten
fallar, tenemos que aprender de nuestra historia, o desaparecer.